¿QUÉ ES LO QUE REALMENTE NECESITAMOS DE LOS CIENTÍFICOS Y TECNÓLOGOS?

taller-ancestralYo contestaría: necesitamos métodos y equipos que sean: suficientemente baratos de modo que estén virtualmente al alcance de todos; apropiados para utilizarlos a escala pequeña; y compatibles con la necesidad creativa del hombre.

De estas tres características nacen la noviolencia y una relación entre el hombre y la naturaleza que garantiza la permanencia. Si sólo una de estas tres es descuidada, las cosas muy probablemente irán mal. Examinémoslas una por una.

Métodos y maquinarias suficientemente baratos como para estar virtualmente al alcance de todos,

¿por qué tenemos que pensar que nuestros científicos y tecnólogos no son capaces de desarrollarlos?

Esta fue una preocupación básica de Gandhi: ” yo deseo que los millones de pobres de nuestra tierra sean sanos y felices y los quiero ver crecer espiritualmente… si sentimos la necesidad de tener máquinas, sin duda las tendremos. Toda máquina que ayuda a un individuo tiene justificado su lugar “, decía, ” pero no debiera haber sitio alguno para máquinas que concentran el poder en las manos de unos pocos y tornan a los muchos en meros cuidadores de máquinas, si es que éstas no los dejan antes sin trabajo “.

Supongamos que el objetivo reconocido por inventores e ingenieros llegue a ser, según observaba Aldous Huxley, dotar a la gente corriente de los medios necesarios para ” hacer un trabajo provechoso e intrínsecamente significativo, ayudando a hombres y mujeres a independizarse de sus patrones, de modo que se transformen en sus propios empleadores, o en miembros de un grupo autogestionado y cooperativo que trabaje para su  subsistencia y para un mercado local… este progreso tecnológico orientado en forma tan diferente (daría como resultado) una descentralización progresiva de la población, el acceso a la tierra, la propiedad de los medios de producción, el poder político y económico”.

Otras ventajas, decía Huxley, serían ” una vida humanamente más satisfactoria para más gente, una mayor y genuina democracia autogestionada y una feliz liberación de la estúpida y perniciosa educación para adultos dada por los productores de bienes de consumo masivo mediante la publicidad “.

Si los métodos y las maquinarias han de ser baratos para que la mayoría tenga acceso a ellos, esto significa que su coste deberá establecerse en relación con los niveles de ingreso de la sociedad en la que han de ser usados. Por mi parte he llegado a la conclusión de que el límite más alto para el promedio de la inversión de capital por puesto de trabajo viene dado por el ingreso anual de un trabajador industrial hábil y ambicioso.

Esto significa que si dicho obrero puede ganar normalmente, digamos, 500.000 pesetas al año, el coste promedio de establecimiento de su puesto de trabajo de ninguna manera debiera exceder de 500.000 pesetas. Si el coste es significativamente más alto, la sociedad en cuestión muy probablemente tendrá serios problemas, tales como una indebida concentración de riqueza y poder entre unos pocos privilegiados, problema cada vez más grande de ” marginados ” que no pueden integrarse en la sociedad y constituyen una creciente amenaza, desempleo ” estructural “, mala distribución de la población debido a una excesiva urbanización, frustración y alienación general con tasas crecientes de  delincuencia, etc..

El segundo requisito es la posibilidad de aplicación en escala pequeña.

Sobre el problema de la ” escala “, el profesor Leopoldo Kohr ha escrito ya en forma brillante y convincente; su importancia para la economía de la permanencia es obvia. Operaciones de pequeña escala, no importa cuán numerosas, son siempre menos propensas a causar daños en el medio ambiente que las de gran escala, simplemente porque su fuerza individual es pequeña en relación con las fuerzas de recuperación de la naturaleza. Hay sabiduría en la pequeñez, si tenemos en cuenta lo pequeño y limitado que es el conocimiento humano, que parte mucho más del experimento que de la comprensión global. El mayor peligro invariablemente surge de la aplicación despiadada, a gran escala, del conocimiento parcial, tal como lo estamos presenciando en la aplicación de la energía nuclear, de la nueva química en la agricultura, de las tecnologías de transporte y en un sinnúmero de otras cosas.

Aunque a veces son pequeñas comunidades las culpables de causar serios daños, generalmente como resultado de la ignorancia, éstos carecen de importancia si los comparamos con la devastación causada por grupos gigantescos movidos por la codicia, la envidia y la ambición de poder. Más aún, es obvio que los obreros organizados en pequeñas unidades tendrían mejor cuidado de su pedazo de tierra u otra fuente de recursos naturales que compañías anónimas o gobiernos megalómanos que se engañan a sí mismos creyendo que el universo es su cantera legítima.

El tercer requisito es tal vez el más importante de todos: que los métodos y las maquinarias dejen amplio lugar para la creatividad humana. Durante los últimos 100 años nadie ha hablado más insistente y admonitoriamente sobre este tema que los pontífices romanos. ¿Qué queda del hombre si el proceso de producción “elimina del trabajo todo atisbo de humanidad haciendo de él una mera actividad mecánica “? El obrero mismo se transforma en el remedo de un ser libre.

” El trabajo físico (decía Pío XI) que aún después del pecado original fue decretado por la Providencia para el bien del cuerpo y del alma del hombre, en muchos casos se ha transformado en un instrumento de perversión; mientras la materia muerta sale mejorada de la fábrica es precisamente allí donde los hombres son corrompidos y degradados “.

El tema es tan amplio que no puedo hacer más que tocarlo muy someramente. Por encima de todas las cosas hay necesidad de una adecuada filosofía del trabajo que lo entienda no como lo que ha llegado a ser, una tarea inhumana a ser reemplazada tan pronto como sea posible por la automatización, sino como algo ” decretado por la Providencia para el bien del cuerpo y del alma del hombre “. Después de la familia, son el trabajo y las relaciones establecidas por el trabajo los que representan el verdadero fundamento de la sociedad. Si los fundamentos son inseguros, ¿cómo podría ser segura la sociedad? Si la sociedad está enferma, ¿cómo podría dejar de ser un peligro para la paz?.

” La guerra es un juicio -decía Dorothy L. Sayers- que se precipita sobre las sociedades cuando éstas han estado viviendo de acuerdo a ideas que se oponen violentamente a las leyes que gobiernan el universo… jamás pensemos que las guerras son catástrofes irracionales: las guerras ocurren cuando formas erróneas de pensar y de vivir conducen a situaciones intolerables “.

Desde un punto de vista económico, nuestra equivocación básica consiste en vivir alimentando sistemáticamente la codicia y la envidia, construyendo así un orden de deseos totalmente ilegítimos. Es el pecado de la codicia el que nos ha arrojado en las poderosas garras de la máquina. Si la codicia, asistida eficazmente por la envidia, no fuese la maestra del hombre moderno, ¿cómo puede ser que la locura del economismo no se reduzca en tiempos en que se obtienen más altos ” niveles de vida ” y son precisamente las sociedades más ricas las que persiguen ventajas económicas con absoluta voracidad? ¿Cómo podríamos explicar el rechazo casi total por parte de los que dirigen las sociedades ricas (estén éstas organizadas en empresas privadas o en empresas colectivas) del esfuerzo común hacia una humanización del trabajo? Basta que se diga que algo reducirá el ” nivel de vida ” para que toda posibilidad de debate desaparezca de inmediato.

El hecho de que ese trabajo que destruye el alma carece de sentido, es mecánico, monótono y embrutecedor, constituye un insulto para la naturaleza humana y produce necesaria e inevitablemente escapismo o agresión, y el hecho de que ninguna cantidad de ” pan y sin pago ” puede compensar por el daño causado son cosas que nadie niega ni reconoce, pero son admitidas con una inquebrantable conspiración de silencio, porque negarlas sería demasiado absurdo y reconocerlas condenaría la preocupación central de la sociedad moderna como un crimen en contra de la humanidad.

El olvido, y aún el rechazo, de la sabiduría ha ido tan lejos que la gran mayoría de nuestros intelectuales no tienen ni siquiera una remota idea acerca del significado de la palabra. En consecuencia, están siempre tratando de curar una enfermedad por medio de la intensificación de sus propias causas. La enfermedad proviene de reemplazar la sabiduría por la técnica y ninguna dosis de investigación técnica parece ser capaz de producir una curación efectiva. Pero, ¿qué es la sabiduría? ¿Dónde se puede encontrar? Aquí llegamos al corazón del problema; podemos leer acerca de ella en numerosos publicaciones pero sólo puede ser encontrada dentro de uno mismo. Uno tiene que liberarse primero de maestros tales como la codicia y la envidia para estar en condiciones de encontrarla. La tranquilidad que sigue a la liberación, aunque sólo sea momentánea, posibilita una percepción de la sabiduría que no puede ser obtenida de otra manera.

Ella nos permite ver el vacío y las insatisfacciones de una vida dedicada básicamente a la obtención de fines materiales, con detrimento de lo espiritual. Tal vida necesariamente enfrenta al hombre contra su prójimo y a las naciones entre sí, porque las necesidades del hombre son infinitas y la infinitud puede ser alcanzada sólo en el reino de lo espiritual, jamás en lo material. El hombre necesita, sin duda, elevarse por encima de este aburrido ” mundo ” y la sabiduría le muestra el camino para hacerlo. Sin sabiduría el hombre se ve obligado a construir una economía monstruosa que destruye el mundo y a buscar afanosamente satisfacciones fantásticas, como la de poner un hombre en la luna. En lugar de conquistar el ” mundo ” caminando hacia la santidad, el hombre trata de conquistarlo ganando prestigio en riqueza, poder, ciencia o incluso en cualquier ” deporte ” imaginable.

Éstas son las causas de la guerra y es puramente quimérico tratar de sentar los fundamentos de la paz sin eliminar primero aquellas causas. Es doblemente quimérico el construir la paz sobre fundamentos económicos que, al mismo tiempo, descansan sobre el fomento sistemático de la codicia y la envidia, fuerzas que verdaderamente sumergen al hombre en un estado de conflicto.

¿Cómo hacer para comenzar a desmantelar la codicia y la envidia? Tal vez comenzando a ser menos codiciosos y envidiosos nosotros mismos, o evitando la tentación de permitir que nuestros lujos se conviertan en necesidades y por un sistemático análisis de nuestras propias necesidades para encontrar la forma de simplificarlas y reducirlas. Si no tenemos fuerzas para hacer ninguna de estas cosas, ¿podríamos, por lo menos, dejar de aplaudir el tipo de ” progreso ” económico que adolece de falta de bases para la permanencia y a la vez dar nuestro apoyo, por modesto que sea, a quienes no teniendo temor de ser tildados de excéntricos trabajan por la noviolencia como ecólogos, protectores de la vida salvaje, promotores de la agricultura orgánica, productores caseros, etc.?

Un gramo de práctica es generalmente más valioso que una tonelada de teoría.

Se necesitarán muchos gramos, sin embargo, para sentar los fundamentos económicos de la paz.

¿Dónde puede uno encontrar las fuerzas necesarias para seguir trabajando en medio de perspectivas tan obviamente negativas? Es más, ¿dónde puede uno encontrar las fuerzas para vencer la violencia de la codicia, la envidia, el odio y la lujuria dentro de uno mismo?.

Pienso que Gandhi ha dado la respuesta: ” hay que reconocer la existencia del alma aparte del cuerpo y su naturaleza permanente, y este reconocimiento debe representar una fe viva. En última instancia la noviolencia de nada sirve a aquellos que no poseen una fe viva en el Dios del Amor “.

Fragmento del libro “Lo pequeño es hermoso” de E. F. Schumacher.

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