Jean Baudrillard

jean-baudrillardMAGIA Y TRABAJO

La misma ceguera determinista de varias instancias conduce a la misma incomprensión de la “magia”:

“Para el hombre primitivo, el trabajo es vivido y pensado como la unidad interior e indivisible de la magia y el saber técnico”. Dicho de otro modo: los trobriandeses “saben” que hay que trabajar en el huerto, pero piensan que este trabajo no es suficiente y que la magia resulta indispensable para garantizar la cosecha.

En el fondo, la magia no es más que un seguro sobre las fuerzas productivas de la naturaleza…”El hombre se piensa capaz de insertarse, por medio de sus prácticas mágicas, en la cadena de causalidades necesarias del orden natural”. Ve en la naturaleza fuerzas “a las que espontáneamente dota con los atributos del hombre”,

la piensa “por analogía con la sociedad, como una red de relaciones intencionales”; de allí los ritos, las prácticas mágicas destinadas a captar esas fuerzas, etc.

Esta reescritura vulgar de la magia está siempre dominada por el prejuicio de una naturaleza y un hombre separados, de una naturaleza y una sociedad separadas y luego pensadas nuevamente “por analogía”, y por la imagen de un hombre primitivo ingenuo/astuto, racional/irracional, que fuerza a la naturaleza a producir, transformándola unas veces por medio del trabajo y manipulándola otras por medio de los signos. Aquí se proyecta todavía la peor psicología occidental, nuestra propia mezcolanza de pragmatismo racional y obsesión supersticiosa. Es difícil entender por qué “misteriosa razón”, como dice Godelier -salvo por la magia, la suya, de “la unidad interior e indivisible” a que antes aludimos- una captura de fuerzas podría coexistir con una operación racional.

Esto no es verdad con respecto al agricultor arcaico (como demuestra Vernant en Travail et Nature dans la Grèce ancienne), y a fortiori con respecto al cazador o agricultor primitivo. Al igual que el campesino griego, el primitivo “contribuye a la cosecha mucho menos con su esfuerzo que con el periódico retorno de ritos y fiestas”. Ni la tierra ni el esfuerzo son “factores de producción”. Este no es una “fuerza de trabajo invertida” y recuperada en valor multiplicado al cabo de un proceso de producción; es él mismo con otra forma, pero tan ritual como en el intercambio/don, algo que está perdido y dado, sin cálculo económico de reversibilidad y compensación.

Y los frutos de la cosecha no son su “equivalente”; vienen, como por añadidura, del mantenimiento del intercambio (de la coherencia simbólica del grupo con los dioses y la naturaleza).

Una parte de la cosecha será volcada de inmediato, como premisa, a este proceso de gasto y sacrificio para preservar un movimiento simbólico que, por encima de todo, no tiene que interrumpirse nunca. Porque jamás se ha tomado de la naturaleza nada que no le haya sido devuelto: el hombre primitivo no tala un árbol, no traza un surco sin “calmar a los espíritus” por medio de un contradon o un sacrificio. Este tomar y devolver, dar y recibir, es esencial: siempre se trata, a través de los dioses, de una actualización del intercambio simbólico. Nunca se pretende el producto final; no existe ni comportamiento encaminado a producir, por medios técnicos, valores útiles al grupo, ni comportamiento encaminado al mismo fin por medios mágicos. Aquí, la sustancia de la riqueza está en el intercambio. (Por eso no hay escasez: la escasez sólo existe en una perspectiva lineal, la nuestra, de acumulación de bienes; aquí basta con que el ciclo de dones y contradones no se interrumpa). La idea de definir la escasez como subjetividad abstracta (utilidad) o transformación objetiva (trabajo o magia supletoria) es sencillamente absurda. En el sentido en que nosotros la entendemos, es decir, como apropiación objetiva directa de las fuerzas de la naturaleza, la magia no es sino un concepto negativamente determinado por nuestro concepto racional de trabajo.  Articularlos en una “unidad interior e indivisible” es sellar su disyunción, aquella cuyo fin es descalificar por irracionales, en oposición al trabajo racional, las prácticas simbólicas primitivas.

Jean Baudrillard, El espejo de la producción; Gedisa, México, 1983.

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